Entradas con la etiqueta ‘Cuestión de Enfoque’
No sé en qué momento demonicé tanto el hablar de temas trillados. Llevo muchísimo tiempo rodeándome de gente que critica los llamados “lugares comunes”, olvidando que en la mayoría de los hitos de nuestra vida son los que nos ayudan a pararnos firmes y seguir, en definitiva, viviendo.
Así que, para rescatarme un poco de esta bruma de sensaciones que me paralizan, voy a ir a tomarme un café a un lugar común. El más común de todos, quizás.
Me cala hasta los huesos la cercanía de la muerte. Alguien que conozco desde chiquita, una persona genial, llena de energía desde que tengo uso de razón, sin muchas vueltas, se va a morir pronto. Quizás hoy. Quizás ahora mismo esté cerrando sus ojos por última vez .
De pronto todas mis cuestiones mentales, todos mis problemas, todos mis monstruos, se anulan. Me invade la sobrecogedora idea que mis grises ánimos valen lo mismo que una mentira. Mis problemas son mentira, no existen.
Muy pocas veces me detengo a pensar en lo joven y sana que soy, las cosas hermosas que presencié, y la infinidad de universos que me restan recorrer. Cada una de mis decisiones, en este tiempo, me van a conducir a realidades únicas; placenteras, adversas, incómodas, horribles, geniales. Cada decisión tomada comanda mis siguientes escenarios y me hará decidir, consecuentemente, sobre mi siguiente movida en el tablero.
Y yo acá, en un escritorio, escribiendo estas líneas, en una muestra igual de mi pasividad ante los eventos y las soluciones desesperadas de mi mente ante esa parálisis de la que hablaba recién. La vida me aterra de lo compleja y polifacética.
Pero, de igual manera, me maravilla y me hace necesitar encontrar la valentía de atravesarla. Urgente. Porque después pasan estas cosas, como tener que irte sin más; y si no tuviste las pelotas de comerte la vida cruda, como corresponde, el arrepentimiento será el sentimiento final.
No me quiero poner fatalista, pero la realidad es que los minutos son valiosos. El cuerpo y el alma exigen, a los gritos acallados por la rutina y la comodidad, que los viva como si no se repitieran. Y de hecho no lo hacen.
Es un lugar común incomodísimo, te digo, este de ponerte a pensar en la muerte y llegar a la conclusión de que tenés que vivir la vida.
Pero sirven un café excelente.
God makes no mistakes.
Una vez más, doña GaGa acertó.
Las subitaneidades que la vida se toma la atribución de permitir nos hacen cuestionarnos, al menos una vez durante nuestra existencia (o muchas, en mi caso particular), por qué. Por qué esto, por qué nosotros, por qué acá, por qué ahora, justo ahora. No nos sentimos listos para responder a los golpes, pero sí los sentimos impactar directo en nuestro interior, provocando dolor, a veces dolor físico. El pecho se cierra. El aire no pasa. Los ojos arden, y los lagrimales hacen lo propio. Lo único que parece funcionar es el displacer y el desastre.
A veces es más difícil salir de este estado que de la situación que nos puso en él. Somos capaces de cualquier cosa; he sabido de hombres sin brazos que tocaban la guitarra. Paralíticos que caminaron con la sola y suficiente certeza de que podían volver a hacerlo. Bebés que estaban entregados a la muerte y abrieron sus ojos ante los ojos atónitos del mundo que los vio sin vida. Se puede, todo se puede, pero depende de una cosa. De darnos cuenta que somos tanto creadores de nuestra tribulación interna como de su ruta y plan de escape.
El soporte y el amor de quienes nos rodean es invaluable a la hora de salir del bajón. Pero lo cierto es que quienes controlan lo que pasa dentro nuestro somos, invariablemente, nosotros. Si no aprendemos a reconocer de qué estamos hechos, el volquete de virtudes que poseemos, y con mucha más razón nuestros defectos (a fin de superarlos), la salida jamás emergerá.
Dios no se equivoca. Nos dio libre albedrío porque quiso vernos elegir. Quiso vernos descubrir quiénes somos, por qué nacimos así; aprender a valorarnos tal y como somos; y superarnos cada momento bajo la premisa de disfrutar nuestro tiempo vivos.
Estuve triste. Pero no quiero volver a pensar que mi existencia no tiene sentido. Seré torpe, seré ingenua, seré una procrastinadora al borde de la cronicidad y más exagerada que personaje de Shakespeare; pero también soy (y tengo el potencial de ser) un montón de otras cosas que compensan con creces cada falencia. Y todos poseemos esa proporción de atributos, sólo que darse cuenta de esto y creérselo no le lleva a todo el mundo la misma cantidad de vida.
Me sentí un poco libro-de-autoayuda, pero qué carajo. Si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer?
Este enunciado comparativo es el preferido de mi madre para indicarme que me excedí con el maquillaje.
He desarrollado una relación amor-odio con esta práctica. Por un lado, reconozco sus beneficios: las facciones se aclaran, la expresión se potencia, los accidentes cutáneos se disimulan. Pero por el otro, la que está debajo de todos esos pigmentos es una. La piel no respira de la misma manera, y excederse con las cantidades hace ver a la usuaria desde cansada hasta ridícula.
Muchos hombres que conozco, que si se encuentran leyendo estas líneas espero que digan presente, se pronuncian terminantemente en contra del maquillaje. Argumentos:
- Apesta. Según ellos, si hay una cosa que los enfría al acercársenos es sentir el aroma sintético de las bases y polvos que tenemos en la cara.
- Mancha. Así no tengan que ocultar evidencia de habérsenos acercado, no les hace gracia que les manchemos las camisas de marrón o los llenemos de brillitos.
- Engaña. Sin ofender a ninguna dama aquí presente, la verdad es que muchas mujeres NO son las mismas luego de pasar por las brochas, lo cual hace que los hombres se sientan ciertamente estafados cuando finalmente emerge nuestro rostro al natural. Ejemplo:
Dentro de la cantidad abrumadora de imágenes poco favorecedoras de las estrellas que Google expone, mi elección no fue casual. Seguramente ustedes las conocen: Eva Longoria, Hilary Duff y Penélope Cruz. Tres mujeres, como pueden ver, preciosas.
La diferencia entre sus fotos con y sin maquillaje es notoria, sí. Comparativamente, tendemos a quedarnos con la foto en la que están pintadas como una puerta.
Pero si tapás momentáneamente la foto “buena”, ¿qué pasa?
Son hermosas igual. Las tres.
Ya no me gusta tanto pensar en una transformación cada vez que leo o escucho sobre maquillaje. Páginas después, en la misma revista de moda, una psicóloga te exhorta a “ser vos misma”. ¿Hay algún balance en todo esto?
No voy a negar que me gusta cuando el tonalizador me afina un poco el contorno de la cara, o cómo desaparecen las marcas que dejan los dedos traviesos bajo el implacable corrector de imperfecciones. Pero meditándolo con un poco más de profundidad, dudo que se trate de corregirse una misma. En los once, quizás doce años que llevo prestándole atención a mi aspecto, aprendí que se trata de resaltar lo bueno, y no de obsesionarme en alcanzar una perfección que, aplicada a la belleza, pierde todo sentido. ¿En relación a qué somos perfectos? ¿quién o qué es el parámetro? Nadie, o tal vez… todos.
La subjetividad es la belleza de la belleza.
En lo personal, cada vez me maquillo menos. Se podría decir que para ocasiones especiales. En la mayoría de las situaciones en que me acuerdo del aspecto de mi cara, lo que hago es decorar los ojos en función del estilo de la ropa que use, y darle un poco de brillo al asunto con gloss labial. En general, busco mantener las facciones tal como están, usar muy pocos productos en muy pocas cantidades, haciendo foco en mis puntos fuertes.
El balance, entonces, se encuentra en que el maquillaje que use busque ser parte del atuendo que me gusta. No de mi actitud.
Saludos, y a las chicas les dejo en la puerta una botellita de demaquillante con pompones de algodón.



Se dice de mí