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Las cabezas humanas suelen ser un despelote.
Ante un magnífico caos, solemos enloquecer o bien encontrar el orden oculto dentro de ese caos. Como desenredarlo es demasiado difícil, optamos por hacer un esfuerzo más pequeño y aprender a vivir en medio del bardo. El hombre es un animal de costumbre, ponele.
Lo que pasa es que, eventualmente, el caos retoma su naturaleza conflictiva y tu desorden-ordenado ya no te alcanza para estar en paz. Acostumbrarte animalmente (?) no te sirve más, y es entonces que la mente pasa a asemejarse, por no poder ilustrarlo mejor, a un cumpleaños de mono.
Así estamos. Hay caos mental, hay una habilidad sobrenatural para adaptarse a las situaciones adversas (o lisa y llanamente incómodas), y ahora mismo hay una imposibilidad de compatibilizar estos dos hechos.
Quiero hacer cosas distintas. Quiero verme distinta. Me aburre el estatismo y odio conformarme, más cuando negocié mal y di mucho sólo para estar incómoda. Preciso variar.
Aunque eso signifique cambiar un caos por otro caos.
Hoy me ocupa hablar de un concepto abstracto, inimaginable, y a la vez imprescindible, sin el cual entender nuestra existencia sería prácticamente imposible.
El tiempo.
La Real Academia Española lo define como la magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Es la base para entender los sucesos físicos que mueven y hacen latir este universo, incluyendo de manera obvia –pero no exclusivamente- nuestra vida.
El tiempo no hace otra cosa que transcurrir. Ni siquiera es que transcurre; es eso que hay en medio de dos o más sucesos. Es algo que el cerebro humano creó y no es capaz de imaginar. Y es, a su vez, un algo lleno de atributos, tanto buenos como terribles.
El tiempo cura todas las heridas, el tiempo es tirano, el tiempo es dinero, el tiempo es implacable, eltiempo.es (?)
Hagamos un análisis superficial del mismo, desde nuestra realidad como individuos, ya que hay bastante tela para cortar al respecto y no me da la cabeza como para analizar el paso del tiempo en magnitudes planetarias (tampoco como para hacer más de 37.000 puntos en el Bouncing Balls de Facebook, entre otras cosas).
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